El Domingo en que Jesús es sometido a las tentaciones y las supera.
Evangelio: Matero 4,1-11
4,1: Entonces Jesús, movido por el Espíritu, se retiró al desierto para ser tentado por el Diablo. 4,2: Hizo un ayuno de cuarenta días con sus noches y al final sintió hambre. 4,3: Se acercó el Tentador y le dijo: —Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. 4,4: Él contestó: —Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 4,5: Luego el Diablo se lo llevó a la Ciudad Santa, lo colocó en la parte más alta del templo 4,6: y le dijo: —Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, pues está escrito: Ha dado órdenes a sus ángeles sobre ti; te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece en la piedra. 4,7: Jesús respondió: —También está escrito: No pondrás a prueba al Señor, tu Dios. 4,8: De nuevo se lo llevó el Diablo a una montaña altísima y le mostró todos los reinos del mundo en su esplendor, 4,9: y le dijo:—Todo esto te lo daré si te postras para adorarme. 4,10: Entonces Jesús le replicó: —¡Aléjate, Satanás! Que está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, a él sólo darás culto. 4,11: De inmediato lo dejó el Diablo y unos ángeles vinieron a servirle. – Palabra del Señor
Las respuestas de Jesús al tentador se refieren a tres acontecimientos del Éxodo: las murmuraciones del pueblo a causa de la comida y el don del maná (cf. Ex 16); las protestas por la falta de agua (cf. Ex 17) y la idolatría representada por el becerro de oro (Ex 32). Jesús revive, pues, toda la historia de su pueblo, es decir: se ve sometido a las mismas tentaciones… y las supera.
Examinemos cada una de estas tres “parábolas” que representan esquemáticamente la manera errónea de relacionarse con tres realidades: con las cosas, con Dios, con las personas.
La primera: “Di que estas piedras se conviertan en pan” (vv. 1-4). Sin pan no se vive. “Comer” es uno de los verbos más usados en la Biblia: 910 veces en el Antiguo Testamento, lo que demuestra cuán importante es para Dios el que cada uno de sus hijos e hijas tenga suficiente para comer. En el desierto el Señor dijo a Moisés: “Yo les haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba, a ver si guarda mi ley o no. Moisés dijo a los israelitas: Que nadie guarde para mañana. Pero no le hicieron caso; algunos guardaron para el día siguiente, y entonces salieron gusanos que lo pudrieron” (Ex 16,4.19-20).
Es un caso típico de tentación pedagógica: Dios ha colocado a Israel frente al maná para educarlo en el uso de los bienes terrenales y en la confianza en su misericordia. Enseñando a su pueblo a controlar la avidez, quería liberarlo del frenesí de la posesión y del deseo insaciable de acumular alimentos. No lo consiguió: la seducción de los bienes de este mundo es casi irresistible, es difícil contentarse con “el pan cotidiano” con el fin de permitir a todos tener lo necesario para vivir.
Tentado de servirse de la propia capacidad de producir pan para sí mismo, Jesús reaccionó recurriendo a la Escritura: “el hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3).
Solo quien considera la propia vida a la luz de la palabra de Dios, solo quien, como Jeremías, la “devora con avidez” y hace de ella, “el gozo y la alegría de su corazón” (Jer 15,16) es capaz de dar el justo valor a las realidades de este mundo. No hay que despreciarlas, destruirlas, rechazarlas pero tampoco considerarlas como ídolos. Son criaturas, caducas y transitorias, no realidades absolutas.
En esta primera escena se identifica y se denuncia la manera equivocada con que el hombre se relaciona con las realidades materiales. El empleo egoísta de las riquezas, el acumular por acumular, el vivir del trabajo de los otros, derrochar en el lujo y en lo superfluo mientras a otros falta lo necesario, son comportamientos dictados por el maligno.
Para los cristianos, la Cuaresma es tiempo de revisión de vida y conversión. La fe en el Resucitado no puede reducirse a dar una limosna o a dejar caer alguna migaja más consistente de nuestras mesas abundantes. Es por el contrario un desafío a evaluar radicalmente la manera de usar los bienes de este mundo. Podemos preguntarnos, por ejemplo, si tenemos clara la línea de demarcación entre la previsión y la avidez; si son compatibles con la elección evangélica y la perspectiva cristiana algunos gastos, ciertos viajes de placer, ciertas cuentas bancarias, ciertas inversiones, ciertas sumas fabulosas dejadas en herencia a los hijos. Tenemos que vivir en este tipo de mundo y es “deshonesta” mucha de la riqueza que tenemos entre las manos (cf. Lc 16,9), pero hay que administrarla teniendo presente las recomendaciones del Maestro: “no anden angustiados por la comida y la bebida…o por la ropa para cubrir el cuerpo… Todo eso buscan ansiosamente los paganos…por eso, no se preocupen del mañana” (Mt 6,25-34).
La segunda tentación: “El Diablo lo colocó en la parte más alta del tempo e le dijo: tírate abajo” (vv. 5-7) La propuesta diabólica se basa inclusive en la Biblia: “está escrito…” dice el tentador. La más sutil de las astucias del mal es la que se presenta con un rostro atractivo, con semblante devoto, piadoso, sirviéndose de la misma Palabra de Dios –quizás adulterada o interpretada de modo insensato– para conducirnos por la vía equivocada.
El objetivo máximo del maligno no es provocar alguna que otra caída moral, fragilidad o alguna debilidad, sino minar la base de la relación con Dios. Este objetivo se consigue cuando en la mente del hombre se insinúa la duda de que el Señor mantenga sus promesas, de que sea fiel a su Palabra, de que asegure su protección y sostenga en los momentos cruciales a quien ha confiado en Él. De esta duda nace la necesidad, de “exigir pruebas”. En el desierto, el pueblo de Israel, extenuado por la sed ha cedido a esta tentación y ha exclamado: “¿Está o no está con nosotros el Señor?” (Ex 17,7). Ha provocado a su Dios diciendo: si está de nuestra parte, si realmente nos acompaña con su amor, que se manifieste dándonos una señal, ¡que haga un milagro! Lo ha desafiado para ver si realmente lo amaba.
Toda persona se ve sometida a enfrentarse con semejantes dudas, todos debemos afrontar esta tentación. Ni siquiera el profeta Jeremías se libró de ello, y un día tuvo la sensación de haber sido traicionado por el Señor. En el colmo de la angustia le gritó: “Te me has vuelto arroyo engañoso, de agua inconstante” (Jer 15,18).
También Jesús fue sometido a esta prueba pero no cedió. A diferencia de Israel, rechazó, aun en los momentos más dramáticos de su vida, pedir al Padre una prueba de su amor; no dudó nunca de su fidelidad, ni siquiera en la cruz cuando, frente al absurdo de todo cuanto le rodeaba, hubiera podido pensar que también el Señor lo abandonaba.
Nosotros cedemos a esta tentación cada vez que exigimos a Dios signos o señales de su amor, cada vez que le pedimos ser liberados, mediante gracias o milagros, de las dificultades, de las contrariedades, de las desgracias que golpean a otros hombres. En toda situación feliz o dolorosa debemos rezar, sí, pero no para que nos conceda privilegios o modifique sus planes y los adecue a los nuestros, sino para que nos de la luz y la fuerza con el fin salir maduros de cada prueba. No debemos esperar de Dios que nos trate de modo diferente a como trató a su amado Hijo unigénito.
La tercera tentación: “todo esto te lo daré si te postras para adorarme” (vv. 8-11). Es la tentación del poder, del dominio sobre los otros. La elección es entre dominar o servir, entre competir o ser solidarios, entre someter o considerarse siervos. Esta elección se manifiesta en cada actitud y en cada circunstancia de la vida: quien ha conseguido una educación o ha alcanzado una posición de prestigio, puede ayudar a crecer a quien ha sido menos afortunado; pero también puede humillar a los menos dotados. Quien ostenta el poder, quien es rico, puede servir a los más pobres y menos favorecidos; pero, también puede convertirse en déspota.
El ansia de poder es tan irresistible que aun el pobre se siente tentado de dominar a quien es más débil que él. La autoridad es un carisma, un don de Dios a la comunidad para que cada uno pueda colaborar desde su puesto y sentirse realizado. El poder, por el contrario, es diabólico aunque se ejerza en nombre de Dios. Donde quiera que se trate de dominar al prójimo o que se luche para prevalecer sobre los otros o que alguien se vea obligado a arrodillarse o inclinar la frente delante de un semejante, allí está presente la lógica del maligno.
A Jesús no le faltaban las dotes para sobresalir, para escalar todos los peldaños del poder religioso y político: era inteligente, lúcido, valiente, encantaba a las muchedumbres. Seguramente su vida habría sido todo un éxito…pero con una condición, que “adorara a satanás”, es decir, que se adecuara a los principios de este mundo: entrar en competición, recurrir al uso de las fuerzas y la opresión, aliarse con los poderosos y usar sus métodos. Jesús escogió exactamente lo opuesto: se ha convertido en siervo.
El pueblo de Israel en el desierto se ha cansado de su Dios y ha adorado un becerro de oro: el ídolo material, obra de las manos del hombre. Jesús no se ha inclinado jamás ante ningún ídolo; no se ha dejado seducir por el poder político, por el dinero, por el uso de las armas, por la amistad con los grandes de este mundo, por propuestas de éxitos y gloria. Ha escuchado siempre y solamente la palabra del Padre.
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