El Domingo para ser sal y luz.

Evangelio: Mateo 5,13-16

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

5,13: Ustedes son la sal de la tierra: si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se le devolverá su sabor? Sólo sirve para tirarla y que la pise la gente. 5,14: Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad construida sobre un monte. 5,15: No se enciende una lámpara para meterla en un cajón, sino que se pone en el candelero para que alumbre a todos en la casa. 5,16: Brille igualmente la luz de ustedes ante los hombres, de modo que cuando ellos vean sus buenas obras, glorifiquen al Padre de ustedes que está en el cielo. – Palabra del Señor


Para definir a los discípulos y su misión, el evangelio de hoy emplea varias imágenes, especialmente una: la sal de la tierra (v.13).

 

Son muchas las funciones de la sal y Jesús probablemente se refiere a todas ellas. La primera y más inmediata es la de dar sabor a los alimentos. Es por esto que desde los tiempos antiguos la sal era símbolo de la “sabiduría”. También hoy decimos que una persona tiene “sal” cuando habla sabiamente o que es “sosa” (sin sal) cuando su conversación es aburrida, sin contenido. Pablo conoce este simbolismo cuando recomienda a los colosenses: “que sus conversaciones sean siempre agradables, condimentadas con sal” (Col 4,6). 

 

Así entendida, la imagen indica que los discípulos deben difundir en el mundo una sabiduría capaz de dar sabor y significado a la vida. Sin la sabiduría del evangelio ¿qué sentido tendría la vida, las alegrías y las penas, las sonrisas y las lágrimas, las fiestas y los lutos? ¿Qué sueños y esperanzas podrían alimentar al hombre sobre la tierra? Difícilmente irían más allá de lo que sugiere el Qohelet: “Esta es mi conclusión: lo bueno es comer, beber y disfrutar de todo el esfuerzo que uno realiza bajo el sol los pocos años que Dios le concede” (Ecl 5,17). 

Quien está inspirado por el pensamiento de Cristo, saborea, por el contrario, otras alegrías, introduce en el mundo experiencias nuevas de felicidad inefable, ofrece a los hombres la posibilidad de experimentar la misma beatitud y belleza de Dios.

 

La sal no sirve solamente para dar sabor a los alimentos. También es usada para conservarlos, para impedir que se echen a perder. Esto nos hace pensar en la corrupción moral y, por asociación de ideas, en las fuerzas negativas, en los espíritus malignos. Contra éstos, los antiguos orientales se protegían usando la sal. Es de esta convicción atávica de donde se deriva, todavía hoy, el rito de esparcir sal para inmunizarse de maleficios y mal de ojo. 

 

El cristiano es sal de la tierra: con su presencia está llamado a impedir la corrupción, a no permitir que la sociedad, guiada de principios malvados, se descomponga y caiga en decadencia. No es difícil constatar, por ejemplo, que donde no hay quien dé la voz de alarma, quien no haga presente los valores evangélicos, se difunde más rápidamente la disolución de costumbres, el odio, la violencia, la prepotencia. En un mundo donde se cuestiona la inviolabilidad de vida humana desde el nacer hasta el morir, el cristiano es la sal que nos hace recordar que la vida de toda persona es sagrada. Donde se banaliza la sexualidad, donde los adulterios y la promiscuidad no son llamados ya por sus propios nombres, el cristiano afirma la santidad de la relación hombre-mujer y el proyecto de Dios sobre el amor conyugal. Donde su busca el propio interés, el discípulo es la sal que conserva, recordando a todos la propuesta, heroica a veces, del don de sí. 

 

La sal era también usada para confirmar la inviolabilidad de los pactos y acuerdos: los contrayentes cumplían el rito de comer juntos pan y sal o solamente sal. El pacto o acuerdo era llamado “acuerdo de sal”. Con este nombre se alude a la alianza eterna estipulada por Dios con la dinastía de David (cf. 2 Cr 13,5). También en este sentido los cristianos son la sal de la tierra cuando testimonian la indefectibilidad del amor de Dios, cuando anuncian que ningún pecado podrá jamás romper el pacto de fidelidad que une a Dios con el hombre, y con sus propias vidas demuestran que es posible corresponder a este amor divino si nos dejamos guiar por el Espíritu. 

 

La “parábola” de sal concluye con una llamada a los discípulos a no volverse “insípidos”. La imagen asume una connotación sorprendente: los químicos afirman que la sal no se corrompe, y sin embargo Jesús pone en guardia a los discípulos del peligro de perder el propio sabor. Por extraño que pueda aparecer, Jesús los considera capaz de perpetrar cualquier absurdo, de hacer lo imposible como es corromper la sal, es decir, pueden hacer que el evangelio pierda su sabor. 

 

 

La segunda función asignada a los discípulos es aquella de ser la ciudad colocada en el monte (v.14).

 

Todavía hoy, la mirada de quien recorre las carreteras de la alta Galilea es atraída por las numerosas aldeas colocadas sobre la cima de los montes y los declives de las colinas. Es imposible no darse cuenta, especialmente en primavera cuando el bermellón de las anémonas recubre el campo; es un auténtico placer para la vista. Las excavaciones arqueológicas demuestran constantemente que las cimas en donde surgen las aldeas, han estado habitadas desde tiempos muy remotos. 

 

Jesús, crecido en una de estas aldeas, las ha presentado a los discípulos como imagen de su misión: con sus vidas, basadas sobre principios nuevos, deberán atraer la atención del mundo. No es una invitación a hacerse notar, a ponerse en un pedestal. Una actitud semejante contradiría la recomendación a no practicar el bien delante de los hombres para ser notados, a no tocar la trompeta para llamar la atención cuando se da una limosna (cf. Mt 6,1-2). 

 

El aviso de Jesús hace referencia a un famoso testo de Isaías, donde se anuncia que el templo del Señor “será erigido sobre la cima de los montes y a él afluirán todas las gentes. Vendrán muchos pueblos… Pues de Jerusalén saldrá la palabra del Señor” (Is 2,2-5). De aquí en adelante—asegura Jesús—no será más a Jerusalén a donde dirijan su mirada los pueblos, sino a las comunidades de sus discípulos. Serán ellas las que atraigan los ojos admirados de los hombres…si tienen el coraje de ajustar su vida a las bienaventuranzas. 

 

Asociada a la imagen del monte otra imagen es la de la luz (vv.14-16).

 

 

Llamando a sus discípulos “luz del mundo” Jesús declara que la misión confiada por Dios a Israel estaba destinada a continuar a través de ellos. Aparecería en todo su esplendor en sus obras de amor, concretas y verificables. Son estas obras las que Jesús recomienda que “hagan ver”. No quiere que sus discípulos se limiten a anunciar su palabra sin comprometerse, sin jugarse la vida por esta palabra. 

 

La prueba de que los hombres han sido iluminados por esta luz tendrá lugar cuando den gloria al Padre que está en los cielos. Su respuesta, sin embargo, puede ser sorprendentemente la opuesta. Puede que les molesten las buenas obras de los cristianos y reaccionen con indiferencia y desprecio. No se debe concluir precipitadamente que esto sea así a causa de su condición malvada. En general no es el bien el que molesta, sino la percepción de alguna sombra de exhibicionismo, de cierta concesión a la ambición, a la vanidad, a la autocomplacencia. Estos fallos menores, quizás inconscientes, que acompañan hasta los gestos más nobles, privan a la buena acción de su característica más exquisita, más sublime, más “divina”: el suave perfume del desinterés y de la más absoluta gratuidad.

 

Los discípulos son llamados a hacer el bien sin esperar ningún aplauso, sin despertar ninguna admiración: “no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3). No es a ellos a quienes se debe dirigir la alabanza sino a Dios. 

La invitación es a no ocultar, a no esconder la parte más exigente y comprometida del evangelio. Los discípulos no se deben preocupar de defender o justificar las propuestas de Jesús, deben solamente anunciarlas, sin miedo, sin temor a verse ridiculizados o perseguidos. Esas propuestas serán para los hombres como una lámpara que “alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y amanezca el astro matutino en sus corazones” (2 Pe 1,19).

 

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