El Dios de los Cristianos.
Evangelio: Juan 3,16-18
3,16: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna. 3,17: Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. 3,18: El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios. – Palabra del Señor
Solo tres versículos, pero muy densos, componen el pasaje del Evangelio de hoy. Serían suficientes, sin embargo, para corregir la imagen distorsionada de Dios, presente aún en la mente de tantos cristianos –la del juez severo e inflexible–y abrir de par en par el corazón a la confianza en su amor.
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna” (v. 16). Estos versículos pueden ser considerados como el vértice alcanzado por la revelación bíblica sobre el sentido de la creación, de la vida, del destino del hombre.
Contemplando, sobrecogido de admiración, cómo se desvela el proyecto de Dios, Juan descubre que al origen de todo está su amor gratuito. A diferencia de cuanto se afirma en la primera carta –donde este amor está reservado a la comunidad cristiana (cf. 1 Jn 4,7-12)– aquí, horizontes ilimitados se abren ante el evangelista: el amor de Dios se expande imparable e inconteniblemente, llenando “el mundo” entero. Estamos en las antípodas de la famosa afirmación: “El mundo en que vivimos puede entenderse como el resultado del desorden y del caos; pero si es fruto de una acción deliberada, esta tiene que ser la acción de un diablo”.
Por extraño que pueda parecer, la imagen de Dios que ama al hombre ha costado mucho imponerse en Israel. Se ha tenido que esperar al profeta Oseas (siglo VII a. C) para que aparezca por primera vez. Esta reticencia era debida al hecho de que en las religiones paganas la relación de amor con la divinidad tenia connotaciones equivocadas de carácter sexual.
Juan, que ha visto con sus ojos y tocado con sus manos el Verbo de la vida (cf. 1 Jn 1,1) llega a afirmar: Dios es amor (cf. 1 Jn 4,8), amor que se ha manifestado en el don de su Hijo unigénito al mundo. No lo ha donado solamente en la encarnación, sino también que lo ha entregado en las manos en de los hombres en la cruz. Allí, Dios ha mostrado, ya sin ningún velo, su verdadero rostro.
Pablo demuestra haber comprendido este prodigio de amor cuando, escribiendo a los romanos, exclama: “Dios nos demostró su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5,8).
Frente a este don ¿Qué se le pide al hombre? Solamente una cosa: que se fie, que se abandone en sus brazos –como hace la esposa con el esposo– que se entregue a Él, inmenso amor, con la certeza de encontrar la vida.
Cuando pensamos en Dios, hecho uno de nosotros en Jesús de Nazaret, cometemos a veces el error de considerar este acontecimiento como episodio pasajero, como un paréntesis triste de su existencia; ha venido a la tierra, ha permanecido en medio de nosotros poco más de treinta años, ha sufrido y muerto en la cruz y, después, ha regresado al cielo, lejos, feliz de haber retomado su condición de antes. No es así, nuestro Dios se ha hecho hombre y permanece para siempre como uno de nosotros, no se ha marchado fuera de nuestro mundo, es y permanecerá para siempre el Emmanuel, el Dios-con-nosotros (cf. Mt 28,20).
Uno de los artículos más sólidos de la fe judía era el concepto de Dios como juez de toda conducta humana. El mismo Mesías era esperado no como quien ayudaría a vencer el pecado, sino como el ejecutor de la justicia divina. Esta convicción se desprende también de muchos textos del Nuevo Testamento: el Bautista anuncia un inminente juicio del que nadie se librará (cf. Mt 3,7-10); Pablo predica “el día del castigo, cuando se pronuncie la justa sentencia de Dios, que pagará a cada uno según sus obras” (Rom 2,5-6); el mismo Jesús emplea a veces la imagen del tribunal: “Nunca los conocí; apártense de mí, ustedes que hacen el mal” (Mt 7,23).
En el evangelio de Juan, ni el Padre ni Jesús aparecen como jueces que condenan, sino solamente como salvadores del hombre: “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él” (v.17); “no he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo” (Jn 12,47).
Parecen textos contradictorios; en realidad, empleando lenguaje e imágenes diversas, afirman la misma verdad: el juicio de Dios es siempre y solamente salvación. No es una sentencia pronunciada al final de la vida, sino un precioso juicio de valor que el Señor pone delante de todo hombre para que nuestras decisiones estén guiadas por la verdadera sabiduría, no por la sabiduría de este mundo que conduce a la muerte, sino por la de Cristo.
Es desde esta perspectiva desde donde hay que leer e interpretar la tercera y última porción del evangelio de hoy, en la que se pone en evidencia la responsabilidad de cada uno frente al amor de Dios: “El que cree en mí no es juzgado; el que no cree, está ya juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios” (v. 18).
El juicio no viene pronunciado por Dios al final de los tiempos, sino que es pronunciado ahora: es el hombre el que, fiándose de Cristo y su palabra, escoge la vida; rechazando su propuesta, decreta, por el contrario, su propia condena.
Hoy estamos llamados a acoger la alegría que Dios ofrece, pero podemos también cometer la insensatez de retardar o incluso rechazar este abrazo suyo. Dios espera del hombre un “sí” inmediato, porque cada momento trascurrido en el pecado, en rechazo de su amor, es una oportunidad despreciada.
¿Cuál es el criterio, el punto de referencia indicado por Dios para saber juzgar sabia y rectamente sobre las decisiones a tomar en la vida?
Encontramos la respuesta en un grupo de textos que en el evangelio de Juan presentan a Jesús como juez: “He venido a este mundo para un juicio” (Jn 9,39); “El padre no juzga a nadie sino que encomienda al Hijo la tarea de juzgar” (Jn 5,22). Es acerca de su persona, de su propuesta de vida, de los valores predicados por él que el Padre evaluará la existencia de cada hombre y decretará el éxito o el fracaso de la misma.
No se afirma que, al final, Dios rechazará para siempre al que se ha equivocado, al que ha seguido otros criterios, otros juicios. Dios no rechaza a nadie, él “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4). Lo absurdo de una condena suya es presentado por Pablo con una serie de preguntas retóricas: “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra? ¿Quién acusará a los que él eligió? Si Dios absuelve ¿quién condenará? ¿Será acaso Cristo Jesús, el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros”? (Rom 5,31-34). La conclusión es evidente: “Ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor manifestado por Dios en Cristo Jesús” (Rom 8,39).
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