El Domingo del Espíritu Santo.
Evangelio: Juan 20,19-23
20,19: Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: La paz esté con ustedes. 20,20: Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. 20,21: Jesús repitió: La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. 20,22: Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. 20,23: A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos. – Palabra del Señor
Después de la solemne celebración de Pascua hemos llegado a ésta fiesta tan importante en la vida de la Iglesia y los creyentes: Pentecostés.
La resurrección de la carne no equivale a la reanimación de un cadáver. Se trata del misterioso florecer de una vida nueva a partir de un ser finito. Pablo explica este hecho mediante la imagen de la semilla: “Así pasa con la resurrección de los muertos: se siembra corruptible, resucita incorruptible; se siembra miserable, se resucita glorioso; se siembra débil, resucita poderoso; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1Cor 15,42-44).
Cuando Jesús muestra las manos y el costado, los discípulos se llenaron de alegría. Una reacción sorprendente: deberían haberse entristecido al ver los signos de su pasión y muerte. Se alegran, sin embargo, no porque se encuentran ante el Jesús al que han acompañado a lo largo de los caminos de Palestina, sino porque ven al Señor (v. 20), se dan cuenta de que el Resucitando que está revelándose a ellos es el mismo Jesús, aquel que ha entregado la vida.
Colocando las manifestaciones del Resucitado en el contexto de la tarde del primer día de la semana, Juan ha intentado decir a los cristianos que también ellos pueden encontrar al Señor, no a Jesús de Nazaret con el cuerpo material que tenía en este mundo, sino al Resucitado, cada vez que se encuentran reunidos “en el día del Señor”.
Después de haber saludado por segunda vez: La paz esté con ustedes (vv. 19.21), Jesús dona a los discípulos su Espíritu y les confiere el poder de perdonar los pecados (vv. 21-23).
Los discípulos son enviados a cumplir una misión: “Como el Padre me ha enviado también les envío yo”.
Cuando estaba en el mundo, Jesús hacía presente el rostro y el amor del Padre (cf. Jn 12,45), ahora, dejado este mundo, continua su obra a través de los discípulos a quienes infunde su Espíritu.
Acogerle a él era acoger al Padre que le había enviado; ahora, acoger a sus enviados es acogerle a él (cf. Jn 13,20).
Para comprender la misión confiada a los apóstoles, el perdón de los pecados mediante la efusión del Espíritu, debemos referirnos a las concepciones religiosas del pueblo de Israel y a las palabras de los profetas.
En tiempos de Jesús, se creía que los hombres hacían el mal, se contaminaban con los ídolos, eran impuros porque estaban movidos por un espíritu malo; por eso esperaban la intervención de Dios que los liberara e infundiera en ellos un espíritu bueno.
En el día de Pascua se cumplen estas profecías. Con un gesto simbólico –Jesús sopló sobre ellos– les entregó su Espíritu. Este soplo nos recuerda el momento de la creación cuando “el Señor modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz aliento de vida” (Gn 2,7). El soplo de Jesús crea al hombre nuevo, quien ya no es víctima de las fuerzas que lo conducen al mal, sino que está animado de una energía nueva que lo empuja hacia el bien.
Allí donde llega este Espíritu, el mal es vencido, el pecado es perdonado –cancelado, destruido– y nace el hombre nuevo modelado conforme a la persona de Cristo.
La misión que el Resucitado confía a sus discípulos es la de perdonar los pecados, continuando así su obra de “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).
¿Qué significa perdonar los pecados? Estas palabras han sido interpretadas –de manera justa pero en forma reductiva– como la trasmisión a los apóstoles del poder de absolver de los pecados. No es éste el único modo de perdonar, es decir, de neutralizar y derrotar al pecado. La potestad conferida por Jesús es mucho más amplia y tiene en cuenta a todos los discípulos que están animados por su Espíritu: es la de purificar al mundo de toda forma de mal.
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