El Domingo del Pan para hoy, alimento de la vida eterna.

 Evangelio: Juan 6,51-58


En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: 6,51: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. 6,52: Los judíos se pusieron a discutir: ¿Cómo puede éste darnos de comer [su] carne? 6,53: Les contestó Jesús: Les aseguro que, si no comen la carne y beben la sangre del Hijo del Hombre, no tendrán vida en ustedes. 6,54: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. 6,55: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. 6,56: Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 6,57: Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. 6,58: Éste es el pan bajado del cielo y no es como el que comieron sus padres, y murieron. Quien come este pan vivirá siempre. – Palabra del Señor

Este pasaje constituye la parte conclusiva del Discurso sobre el pan de la vida pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm después de la multiplicación de los panes y de los peces. 

 

Comienza presentándose como el pan de vida que ha bajado del cielo (Jn 6,33-35). Declara que quien le escucha, quien asimila su mensaje, su evangelio, se nutre de la palabra de vida. Quien, por el contrario, se alimenta de otras palabras, aunque aparezcan placenteras y cautivadoras, ingiere veneno de muerte. 

 

Su afirmación es inaudita. Para los judíos, el pan bajado del cielo es el maná (cf. Sal 78,24), y el alimento que nutre es la palabra de Dios (cf. Is 55,1-3). ¿Cómo puede “el hijo de José” arrogarse semejantes prerrogativas?, se preguntan indignados. ¿Quién se cree que es? (cf. Jn 6,42). También la samaritana había reaccionado de una manera semejante: “¿Eres tú más grande que nuestro padre Jacob?” (Jn 4,12).

 

En vez de mitigar su pretensión, Jesús hace una declaración más sorprendente aún. El pan para ser comido no es solamente su doctrina, sino su misma carne. “El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”. Son las palabras con las que comienza el pasaje de hoy (v. 51). 

 

Para comprender bien el significado y no ser inducido a imaginar un acto de canibalismo, hay que precisar que cuando la Biblia afirma que “el hombre es carne” (cf. Gn 6,3), no se refiere al hecho de que está revestido de músculos, sino a que es débil, frágil, precario, sujeto a la muerte. Por ejemplo, frente a las miserias morales de los israelitas, Dios –declara el Salmista con un audaz antropomorfismo– aplaca su ira y calma su furor porque “recuerda que eran carne, un aliento que se va y no retorna” (Sal 78,39). Cuando Juan en el prólogo de su evangelio dice que “el Verbo se ha hecho carne” (Jn 1,14) se refiere al voluntario descenso del Hijo de Dios al nivel más ínfimo, aceptando los aspectos más caducos de la condición humana. 

 

Comer este Dios hecho carne significa reconocer que la revelación de Dios ha entrado en nuestro mundo a través del “hijo del carpintero” y que acogerle a éste es acoger esa sabiduría venida del cielo. 

 

Aun después de esta aclaración, el aspecto escandaloso de la propuesta de Jesús permanece. ¿Cómo se puede “comer su persona”? La reacción escandalizada de sus oyentes es comprensible y justificada: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (v.52). Comprenden que Jesús no se refería solamente a la asimilación espiritual de la revelación de Dios, sino a un “comer” real. ¿Qué intenta decir?

 

Jesús no se preocupa de la incomodidad de sus oyentes y reafirma cuanto ha dicho, añadiendo una exigencia aún más provocadora: es necesario beber también su sangre (vv. 52-56). Muchos textos bíblicos prohíben severamente beber sangre “porque la vida de la carne es la sangre” Lv 17,10-11) y la vida no pertenece al hombre sino a Dios. Se trata por tanto de asimilar su vida. 

 

Es en este punto donde se inserta el discurso de la eucaristía. 

 

Antes de explicar el significado que, en su discurso, Jesús atribuye a este sacramento, “fuente y ápice de toda la vida cristiana”, quisiera poner en guardia contra algunas interpretaciones reductivas e incluso equivocadas, fruto de una cierta catequesis devocional e intimista sin fundamentos bíblicos. Me refiero a la espiritualidad eucarística que hablaba del “divino prisionero”, que exhortaba ir a la iglesia para “hacer compañía y consolar a Jesús”. La eucaristía no tiene como objetivo capturar a Jesús para tenerlo más cercano y tener así una oportunidad mayor de convencerlo a que nos conceda favores, aprovechando el hecho de que “ha venido a visitarnos”, de que “ha entrado a nuestro corazón”. La eucaristía ha sido instituida como alimento para ser comido y aun cuando viene expuesta a la adoración (mejor en el copón donde ha sido consagrada que en la custodia) es para ser consumida como alimento. Solo así mantiene su significado auténtico. 

 

Si partimos de la constatación de que para llegar a la vida de unión con Cristo, basta la fe en su palabra, la pregunta es inevitable: ¿por qué es necesario, entonces, acercarse a recibirlo también en el sacramento? ¿Por qué ha añadido Jesús una exigencia tan difícil de comprender: comer su carne y beber su sangre bajo las especies sacramentales del pan y del vino?

 

Sabemos que por falta de sacerdotes la mayoría de las comunidades cristianas del mundo no se reúnen el domingo alrededor de la mesa del pan eucarístico, sino solamente alrededor de la mesa de la palabra de Dios y estamos seguros de que los creyentes reciben abundancia de vida de este único alimento. 

 

Es significativo que en el v. 54 Jesús diga que quien come su carne y bebe su sangre tiene la vida eterna y en el v. 47 afirme que reciben el mismo fruto quienes creen en la palabra de Dios. ¿Por qué entonces la eucaristía? 

 

Debemos dejar claro, en primer lugar, que este sacramento –que verdaderamente hace presente al Resucitado– no substituye a la fe en la palabra de Cristo. Acercarse a recibir la comunión no es realizar un rito mágico ni la hostia es una especie de píldora que actúa automáticamente y cura al enfermo aunque está dormido o semiinconsciente. 

 

No es suficiente comulgar muchas veces para recibir la gracia del Señor. Jesús no nos ha dicho que comulguemos muchas veces sino que “comamos su carne y bebamos su sangre”. 

 

He aquí la razón por la que, antes de recibir el pan eucarístico, es necesario escuchar y meditar un pasaje del evangelio. La lectura de la Palabra de Dios es requisito imprescindible. 

Cuando se firma un contrato, cuando se estipula una alianza, primero se deben conocer y valorar atentamente las cláusulas. Quien acepta convertirse en una sola persona con Cristo en el sacramento, deber ser consciente de la propuesta que se le hace y tomar la decisión firme de aceptarla. Es éste el sentido de la apasionada recomendación de Pablo: “Que cada uno se examine antes de comer el pan y beber la copa” para no comer y beber la propia condenación” (1 Cor 11,28-29).

 

El gesto de extender la mano para recibir el pan consagrado indica la disposición interior para recibir a Cristo y de este modo sus pensamientos se conviertan en nuestros pensamientos, sus palabras en las nuestras, sus opciones en nuestras opciones. En la señal de la Eucaristía su persona es asimilada tal como sucede con el pan. 

 

El cambio, la metamorfosis vendrá muy lentamente, el proceso estará marcado por éxitos y fracasos, pero la escucha humilde de la palabra de Dios y la comunión con su cuerpo y con su sangre cumplirán el milagro. Un día, el discípulo se alegrará de la trasformación realizada en él por el Espíritu que actúa en el sacramento y llegará a exclamar como San Pablo: “Ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20).

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