El Domingo de la sabiduría de Dios que colma la mesa.

 Evangelio: Mateo 14,13-21

 Al enterarse, Jesús se fue de allí en barca, él solo, a un paraje despoblado. Pero lo supo la multitud y le siguió a pie desde los poblados. 14,14: Jesús desembarcó y, al ver la gran multitud, sintió lástima y sanó a los enfermos. 14,15: Al atardecer los discípulos fueron a decirle: El lugar es despoblado y ya es tarde; despide a la multitud para que vayan a los pueblos a comprar algo de comer. 14,16: Jesús les respondió: No hace falta que vayan; denle ustedes de comer. 14,17: Respondieron: Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados. 14,18: Él les dijo: Tráiganlos. 14,19: Después mandó a la multitud sentarse en la hierba, tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, dio gracias, partió el pan y se lo dio a sus discípulos; ellos se lo dieron a la multitud. 14,20: Comieron todos, quedaron satisfechos, recogieron las sobras y llenaron doce canastos. 14,21: Los que comieron eran cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. – Palabra del Señor

 

Es en el desierto donde se ponen las bases de una sociedad nueva, con estas características: tiene a Jesús como guía y son los mismos sentimientos del Maestro la norma de las relaciones recíprocas. Jesús “siente compasión (v. 14). El verbo empleado —splagknizomai—no indica un vago sentimiento de empatía, sino una emoción que surge de lo más profundo, lo más visceral (splagkna en griego significa vísceras). Hemos encontrado ya este término en Mateo: “Viendo a la multitud, Jesús se conmovió por ellos, porque estaban decaídos y desanimados, como ovejas sin pastor” (Mt 9,36).

Jesús no permanece insensible frente a las necesidades de cada hombre y cada mujer, sino que se implica personalmente, siente, participa de ellas desde lo más íntimo, se le rompe el corazón, pero su conmoción no lo lleva al desaliento, no desemboca en imprecaciones, en palabras de amargura o en llanto estéril. Se convierte en estímulo de acción inmediata a favor del que sufre: “descendió de la barca, vio una gran muchedumbre… sanó a los enfermos” (v. 14).

 

La com-pasión, el sufrir-juntos a los hermanos constituye la fuerza que lleva al discípulo a comprometerse en la construcción de una sociedad nueva. Solamente quien ha asimilado la sensibilidad del Maestro se siente movido a intervenir, a realizar sus mismo gestos de amor: “Tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Fil 2,5), recomienda Pablo; “Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros” (Rom 12,15-16).

 

Esta imperiosa necesidad interior de hacer el bien constituye la señal inequívoca de la presencia del Espíritu de Cristo en el discípulo.

 

No son solamente las enfermedades, manifestaciones de la debilidad y fragilidad humanas, con las que Jesús se enfrenta. También se enfrenta a la urgente necesidad de comida y a la falta de los bienes necesarios para la vida. ¿Qué respuesta da Jesús al hambre que existe en el mundo?

 

Si la solución fuera la del milagro, el pasaje de hoy no tendría mucho que decirnos porque ninguno de nosotros podemos realizar tales prodigios. Con su gesto Jesús indica, por el contrario, lo que cada discípulo puede y debe hacer para que a ninguno le falte el pan. Él no resuelve el problema del hambre sin nuestra colaboración.

La primera, sutil tentación contra la que nos pone en guardia es la inclinación a no implicarse, a querer “despedir a la gente” para que cada uno se las arregle como pueda, yendo a los pueblos vecinos a comprar comida (v. 15). Es la propuesta insinuada por los discípulos quienes, evidentemente, no han comprendido que la adhesión a Jesús implica un compromiso concreto a favor de quien tiene necesidad. No es necesario que vayan—responde Jesús—son ustedes mismos los que les deben dar de comer (v. 16).

 

Inmediatamente surge la dificultad que es también la nuestra: lo que tenemos no es suficiente (v. 17).  

 

Si cada uno retiene egoístamente lo que posee, por temor a que un día le pueda faltar lo necesario, en el mundo habrá siempre hambre.

 

Jesús pide al discípulo entregarle lo que tiene, aunque si a éste le parezca poco. Cinco panes y dos peces—siete porciones de alimento—son el símbolo de la totalidad. No hay que reservarse nada, la generosidad debe ser ilimitada. El compartir los bienes es la propuesta de Cristo y es la única en sintonía con el proyecto de Dios que es ‘Padre’ y quiere que sus hijos vivan como hermanos, que no acumulen solo para ellos mismos, que no acaparen los bienes destinados a todos. Cuando cada uno pondrá a disposición de los otros lo que posee (no solamente el dinero, sino su misma persona: el propio tiempo, las propias aptitudes, la propia inteligencia, las propias capacidades…), se cumplirá el prodigio: habrá comida para todos y sobrará. Las bendiciones de Dios se derraman y se prodigan siempre sobre la generosidad de las personas.


El pan que Jesús distribuye no es, sin embargo, solamente pan material.

 

Como el agua, también el pan era en Israel símbolo de la sabiduría de Dios. Tanto los profetas como los sabios del Antiguo Testamento se refieren a ello con frecuencia: “la Sabiduría ha colmado la mesadice el autor del libro de los Proverbios— a los que no tienen dinero la Sabiduría invita: “vengan y coman mi pan” (Prov 9,1-5); y Amós anuncia que Dios enviará hambre y sed al país, “no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor” (Am 8,11).

 

Jesús dijo un día: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). La comida que Él da y que alimenta la vida del hombre es su palabra, más aún, es Él mismo Palabra de Dios que debe ser comida y asimilada.

 

Jesús “mandó a la multitud sentarse en la hierba, tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, dio gracias, partió el pan y se lo dio a sus discípulos; ellos se lo dieron a la multitud” (v. 19). Estas palabras que nos resultan familiares son las de la Eucaristía. El evangelista las retoma para hacer comprender a los cristianos de su comunidad que, después de haber asimilado el pan del Evangelio dado a través de la predicación de los apóstoles, deben acercarse también al banquete eucarístico para ser saciados.

 

Los que comieron “fueron cinco mil, número que simboliza a Israel. A este pueblo le viene ofrecido el pan, como primer invitado al banquete anunciado por los profetas. Después de que Israel se haya saciado, sobrarán 12 canastas. El número “12” indica la nueva comunidad de los 12 apóstoles constituida en torno a Jesús. A este pueblo nunca le faltará el pan—que es Cristo—sino que siempre sobrará para ser nuevamente distribuido.


A través de sus discípulos—a quienes ha entregado su pan—es Jesús mismo el que continúa saciando el hambre de los hombres de cada tiempo y cada lugar en el mundo.

 

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